La ofrenda también se brinda: la gastronomía del Día de Muertos y los vinos que la acompañan

En México, el Día de Muertos no se observa — se vive. Se cocina desde días antes, se monta la ofrenda con los platillos que a ellos les gustaban, se pone la bebida que tomaban.   La comida del 1 y 2 de noviembre no es decoración: es el lenguaje con el que se habla a los que ya no están. Y en esa mesa, el maridaje Día de Muertos tiene su propia lógica — diferente a cualquier otra fecha del año.

 Los sabores de la ofrenda no se parecen a ninguna otra mesa 

La gastronomía del Día de Muertos es única precisamente porque no busca ser ligera ni fácil. El pan de muerto tiene azúcar, mantequilla y un toque de anís. La calabaza en tacha viene bañada en piloncillo y canela. El mole — en sus docenas de versiones — combina chile seco, especias, cacao y a veces chocolate. Son sabores complejos, con dulzor, profundidad y un carácter que no pide vinos frescos y ligeros sino algo con más historia y más cuerpo. Eso cambia completamente qué vino tiene sentido en esa mesa.

Por qué el pan de muerto pide un vino distinto

El pan de muerto es dulce, suave y aromático — naranja, anís, azúcar espolvoreada. Algunos vinos secos pueden contrastar demasiado con su dulzor. Por eso, una buena alternativa es un vino con dulzor natural, aromas de frutos secos y flores, y suficiente cuerpo para acompañar sin desaparecer.

El Moscatel & Palomino de L.A. Cetto es el vino que encaja mejor en este momento. Vale la pena entender qué es antes de servirlo:
no es un vino de mesa convencional. Es un vino generoso dulce — elaborado con Moscatel y Palomino, fermentado y encabezado, con 24 meses de crianza en barrica francesa. El encabezado significa que lleva alcohol añadido durante la fermentación, lo que detiene el proceso antes de que todo el azúcar se convierta en alcohol y produce un vino naturalmente dulce y de mayor graduación.

El resultado es un vino de color amarillo intenso con destellos dorados, aromas de higo escarchado, acitrón y flores secas, y un gusto dulce y frutal equilibrado por una buena acidez. Con el pan de muerto es una combinación que se sostiene sola — los aromas de frutos secos del vino complementan la suavidad del pan, y el dulzor de ambos se alinea sin que ninguno opaque al otro. Servirlo frío, a 8 °C, en copa pequeña.

 La calabaza en tacha y el momento más dulce de la noche 

La calabaza en tacha — cocida en piloncillo, canela y clavo— es uno de los sabores más característicos de esta fecha. Es intensa, melosa y especiada. Aquí el Passito de L.A. Cetto encuentra su momento natural.

El Passito es un vino de postre elaborado con uva Moscatel, con ocho años de crianza en barrica francesa — uno de los vinos con más tiempo de guarda del portafolio Cetto. Su color es oro brillante y sus aromas recuerdan al tejocote, el membrillo, la pera deshidratada y la miel. En boca es frutal, untuoso y tostado, perfectamente equilibrado entre dulzor y acidez.

Con la calabaza en tacha es una combinación donde los sabores acaramelados y especiados de la calabaza y los aromas a frutos secos del Passito se potencian mutuamente. Es el tipo de maridaje que no requiere explicación — la primera probada lo dice todo. Servirlo a 10 °C, en copa pequeña o de postre.

  •  El mole y el vino que puede con él 

    El mole es uno de los platillos más complejos de maridar en la gastronomía mexicana. Tiene capas: chile seco, especias, cacao, a veces chocolate, a veces fruta seca. Es intenso, complejo y con un amargor característico que puede hacerle difícil la vida a muchos vinos.

    Lo que funciona con el mole es un tinto con cuerpo suficiente para no perderse frente a esa complejidad, taninos maduros que no peleen con el amargor del chile y una acidez que limpie el paladar entre bocado y bocado. El Cabernet Sauvignon Reserva Privada de L.A. Cetto — con más de 40 años de viñedo, 14 meses en barrica francesa y aromas de grosella negra, violetas, cuero y vainilla — tiene exactamente ese perfil: intenso y elegante, con taninos maduros y un perfil que puede acompañar bien la complejidad de ciertos moles. Servirlo entre 16 y 18 °C.

    La mesa del Día de Muertos merece la misma atención que cualquier otro elemento de la ofrenda. No es la fecha para improvisar con el vino — es la fecha para elegir con criterio, porque los sabores que se ponen en esa mesa tienen una historia propia que vale la pena acompañar bien.

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L.A. CETTO